Poemas de Norma Marchetti, colega poeta de Fabio Sa, Fernando Sánchez, Fabián Sáez, Francisco Sapetti, Matias Puyol.

Hola, buenas en intentonas santas:
Van una serie de poemas de Norma Marchetti, colega de tanta gente de cierta Cofradía de Poetas, lo sepan o no, algunos de ficción y otros de realidad...
Ella tiene otra lista literaria--escritoresaficionados@gruposyahoo.com.ar--, que se colaboran mutuamente de alguna forma con la que hicimos nosotros--novelascuentospoemas@gruposyahoo.com.ar--. Interesados anotarse, plises.
Vayan los poemas de Norma, y algún relato, para aguantar estos tiempos y lugares que han tocado...
Fabio Sa
poeta de intuiciones varias y estudiante crónico de la facultad callejera
Desafiando su atadura.
El corazón se me asfixia en lágrimas oprimidas,
el cielo se ensombrece en grises de indecisión,
en un hueco insondable se anegaron mis sueños,
paralizados y omisos en busca de una elección.
¿En dónde quedó el tiempo retenido en mí memoria?
¿Quién me tendrá en su presente como un retrato pueril?
¿Cuál de todos mis errores ha causado menos daño
y me redima en los años que me queden por vivir?
La soledad me corteja como sutil paradoja,
y entre sombras me hostiga como anónimo rival,
que desafiante me aguarda con satírica malicia,
perpetuándome los yerros en inclemente ritual.
Abrazada de cariño en irónico contraste,
como sol entre lluvia, como azúcar en la sal,
como viento en las cadenas desafiando su atadura,
como río de agua dulce confluyéndose en el mar.
Con preceptos privativos de ultrajadas sociedades,
sojuzgada por un tiempo de tiránica impiedad,
donde la vida apagada resurgió de sus cenizas,
con el alma hecha trizas... se irguió en insigne paz.

El odio.
De incierta esencia se nutre y se oculta en las sombras,
susurrando en el oído… encegueciendo con sorna.
Te asfixia, te sumerge, te destruye, te succiona…
y con sarcasmo se mofa de la furia que te ahoga.
Se apodera de memorias atestadas de dolencias
y te corrompe la sangre exaltando tu vehemencia.
de hiel te embebe los labios y la zozobra se cuela,
como felona serpiente de ponzoñosa vileza.
Con la poción en las venas y el ánimo lacerado,
con los ojos encendido, de lágrimas desangrados.
Especulando en silencio una venganza siniestra,
devastando los sentidos, celándose con sus tretas.
Se desplaza entre callejas, espectrales, sin salida,
desfigurando verdades, como atisbo en la neblina.
Trasmuta el amor en tirria y confianza en difidencia
y se enmascara de insano, asestando con violencia.
El odio, se bebé en cáliz de protervas intensiones
y te intoxica la mente pervirtiendo las acciones.
Se aloja como gorrón, dispuesto a no irse nunca,
contemplando displicente el camino de locura.
Frente al cosmos.
Parada frente a Dios, que es eterno,
imagino el universo infinito,
mi pobre mente estructurada es limitada...
y no alcanza a comprender el gran motivo.
El cuerpo es una máquina perfecta,
el cerebro, un laberinto de extrañezas.
Las respuestas deberían estar dentro,
pero vamos a buscarlas siempre afuera.
Arrastramos experiencias del pasado,
que nos traban o ayudan a seguir.
La fe es el motor que estimula
y guía muchedumbres con un fin.
La gente discrimina siempre a otros,
etiqueta por su aspecto o condición,
y se excusan a su vez por sus valores,
que le impiden ser iguales al montón.
Mienten pobres... mienten ricos y los otros,
y se iguala en los que sufren soledad,
nadie tiene las certezas del futuro
y la muerte no se deja chantajear.
Ser pobre no es sinónimo de humilde,
de inocente, de sufriente o de moral,
de cauto, de paciente o de bueno,
de limpio, de indefenso o de veraz.
Rico no es quien fue dotado de virtudes,
ni quien goza del respeto por amor,
tampoco debe ser por tal, un ser monstruoso,
gélido, implacable... aterrador.
Los motivos mas mezquinos nos impulsan
y no es fácil controlar la tentación,
esas ganas de salvarnos a la fuerza,
aboliendo la piedad y la pasión.
Tan pequeños somos frente al cosmos,
un inmenso misterio de belleza,
y podemos esfumarnos de esta vida,
sin que nada advierta nuestra ausencia.
Solo hay un camino hacia lo eterno,
el amor que se ha sembrado con esfuerzo,
que nos hace inmortales en los seres...
que nos han abierto su alma... y florecemos
Encontrar otro lugar.
Tal vez por mi corta edad, no recuerdo exactamente en que el mes, pero si sé, que corría el año 1968. Vivíamos en una ciudad que está a unos 100km de Buenos Aires.
Yo tenía tres añitos y mi hermana algunos más. Mis padres eran personas que creían en que el progreso se conseguía a base de sacrificios y trabajo, por ese motivo, decidieron probar suerte en otro sitio. Fue así, que en su afán de encontrar el lugar que les brindara otras posibilidades, decidieron que mi padre viajaría a Mar del Plata en busca de un trabajo que les permitiera realizar tal sueño.
En uno de los tantos viajes, le ofrecieron un trabajo como encargado de un hotel. De inmediato, comenzaron los preparativos y finalmente, dejamos atrás los parientes, la “chatita”, mi amiguita María José, el trabajo de mi papá en la fábrica y la casa que alquilábamos. Como es de suponer, no tengo muchas imágenes claras, pero sí recuerdo una, la de mi amiguita llorando desconsoladamente mientras la saludábamos a través de la luneta trasera del auto que nos llevaba a la estación.
El hotel no era muy grande y no tenía demasiados residentes, porque creo que había terminado la temporada, esto lo deduzco porque yo cumplo los años en Julio y recuerdo que mi madre me hizo una torta decorada con gajitos de mandarina para cuando cumplí 4 añitos.
Nos divertíamos mucho subiendo y bajando por las escaleras y recorriendo los pasillos de las habitaciones vacías. Recuerdo que un día, vino un vendedor con la novedad de una pantalla que se ponía sobre la del televisor, y según él, de esta manera, se podía ver imágenes en color. Lamento decepcionarlos, pero sólo se trataba de un celuloide pintado con rayas transparentes de colores.
Como nada es eterno, un día vino el dueño y dijo que iba a poner a la venta el hotel. Como es de suponer, así comenzó la odisea de encontrar otro lugar. Gracias a Dios, mis padres nunca nos hicieron sentir la preocupación y desamparo que sentían en esas circunstancias.
Esta etapa de nuestras vidas fue muy difícil, porque era complicadísimo sobrevivir en un lugar que revivía cuando llegaban los turistas y la gente se agolpaba en las playas y las calles del centro, mientras miraban al mar como quien observa deslumbrado un ocaso en el campo o el cielo despejado de una noche de verano.
Sería muy tedioso contarles todos los lugares en los que vivimos, lo que sí es verdaderamente
importante era la fuerza que mis padres le ponían a todo. Mi madre era modista y mi padre era electricista, pero los dos habían aprendido a hacer infinidad de otras cosas. En las etapas en que el trabajo bajaba mucho, mi padre (que era muy habilidoso trabajando la madera), hacía fosforeras, repisitas etc., luego, entre los dos las pitaban y barnizaban y mientras mi madre nos cuidaba y cosía algunos encargues para los vecinos, mi padre tomaba la bicicleta y con el bolso lleno de mercadería, recorría las calles de los barrios ofreciendo (siempre con un chiste o una sonrisa) los diferentes modelos de sus productos. Pedaleaba hasta vaciar el bolso. En esas gélidas noches de los inviernos marplatenses, esperábamos preocupadas escucharlo silbar a lo lejos y momentos después abría la puerta con sus manos semicongeladas, una sonrisa en los labios y caramelos.
La temporada de playa para nosotras, comenzaba con los primeros días primaverales, cuando mi madre al volver del trabajo, nos pasaba a buscar al colegio con un bolsito (al mediodía) y de ahí, nos íbamos a la playa a disfrutar del privilegio de jugar de locales. Esto compensaba el miedo que nos provocaban las tormentas de huracanados vientos que nos hostigaban en los interminables inviernos.
Con el tiempo mis padres lograron comprar un terreno y construir una casa rodeada de árboles frondosos.
En Abril o Mayo de 1974, mis padres decidieron vender todo y mudarse a capital y así empezó otra historia, pero allí quedaba mi infancia de inocencia y recuerdos de arena y sol.
Norma.

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